EPISODIO 43. TALLERES DE EMPATÍA Y COMUNICACIÓN: B. Meditaciones para la empatía (continúa)
Selene les muestra cómo la empatía logra cambiar radicalmente la historia humana. Para ello, les narra la experiencia de un prestigioso facilitador a quien la empatía le ayudó a comprender qué era lo que bloqueaba las mentes de dos adversarios que debían negociar un difícil proceso de paz para poner fin a un conflicto religioso originado hacía ocho siglos. Con esta comprensión en mente, el facilitador logró que cada uno se enfocara en la historia personal y familiar y en las aficiones y los sentimientos de su contraparte... ¡y así llegaron a la paz!
En el episodio anterior, Selene les había propuesto:
–Imaginemos que tu familia te encarga, con instrucciones firmes y drásticas, que negocies con el dueño de la finca vecina, con quien tienen un difícil pleito de linderos hace años que incluso ha causado peleas y heridas graves. Debes finalizar el litigio acordando condiciones aceptables para ambos, sin ceder demasiado. ¿Cómo te sientes ante este reto?
Entonces los invitó:
–Tal vez esa situación se parece a un suceso que ahora les voy a narrar. ¿Han pensado qué se mueve, por ejemplo, dentro de la mente de quienes se ven enfrentados a negociar un tratado de paz con sus enemigos? ¿Qué temores los sobrecogen, qué los detiene para avanzar?
Ella, aficionada también a indagar en la historia en busca de sus lecciones (“es el laboratorio vivo de las sociedades humanas”, afirmaba con énfasis), hizo una breve pausa para tomar un poco de agua, y les contó esto:
–Yo era solo una niña aquella noche de noviembre de 1995 cuando, sentada en el suelo al lado de la mecedora de mi abuelo Octavio, lo acompañaba a mirar las noticias. En la televisión apareció, desde Israel, Noa Ben Artzi, una bella teniente del ejército de solo 18 años (prestaba el servicio militar obligatorio) quien llevaba sus gafas de sol sobre su cabello de color rojizo, como enmarcando su expresión abatida.
Selene les explicó:
–Ella era la nieta del primer ministro, Isaac Rabin, a quien Yigal Amir, un joven judío considerado por su propios compañeros como un fanático religioso, había asesinado un día antes de dos disparos. La chica lo despedía desconsolada entre lágrimas de desolación. Yo tomé angustiada la mano de mi abuelo, mientras me imaginaba con gran dolor cómo me sentiría si yo misma lo perdiera a él de un modo tan trágico. Aún recuerdo su mirada dulce y el cálido apretón de su mano en la mía, que me tranquilizaron un poco. Entonces, escuchamos juntos las palabras finales del breve discurso de la nieta de Rabin que me conmovieron hondamente:
“Eres tan maravilloso. Personas más ilustres que yo te han honrado con sus palabras, pero ninguno de ellos fue depositario de esa caricia de tus manos tibias y delicadas, del abrazo cálido que guardabas sólo para nosotros, de esa sonrisa tan tuya que siempre me ha expresado tanto, esa sonrisa que ya no está y se congeló contigo” .
–Debo confesarles que sentí una gran angustia al escuchar a esta chica profundamente adolorida, algunos años mayor que yo, quien además me ayudó a ver en Rabin a un verdadero ser humano, de carne y hueso, que acariciaba y guiaba con amor y sabiduría a sus nietos, más que a ese hombre importante pero lejano, al que en ocasiones yo misma escuchaba nombrar en las noticias internacionales sin comprender muy bien quién era él.
Todos la escuchaban conmovidos. Selene les preguntó:
–¿Saben por qué les cuento esta historia? Ya lo verán... ya lo verán... –les prometió con una sonrisa insinuante. Y continuó así, ante la expectativa creciente de todos:
–En lo que les voy a narrar ahora, podemos observar el inmenso poder de la empatía, que incluso llega a cambiar radicalmente la historia humana.
“¿Cambiar la historia humana?” Ana Margarita y sus compañeros la escuchaban, intrigados sobre cómo podía ser esto. Tras una nueva pausa para beber un poco más de agua, Selene continuó:
–Vamos pues ahora a otro lugar del mundo. Durante siglos los norirlandeses católicos y sus compatriotas protestantes se enfrentaron en duras luchas sangrientas: absurdamente se odiaban y se mataban en el nombre de un mismo Dios... hasta que firmaron el Acuerdo de Paz del Viernes Santo en abril de 1998. ¿Cómo se logró este importante cambio que benefició a todos y salvó muchas vidas?
Selene observaba los rostros atentos.
–Les contaré lo siguiente: dejar atrás tantos siglos de prejuicios, odios y agresiones mutuas no fue nada fácil. Cuando se reanudaron las conversaciones de paz, el presidente de los Estados Unidos, país en el que viven casi 40 millones de ciudadanos de origen irlandés, era Bill Clinton, quien envió a George Mitchell, político y abogado de gran sabiduría, para servir de facilitador, con la aceptación de ambos bandos y de los gobiernos involucrados (Irlanda del Norte, la República de Irlanda y el Reino Unido). Para empezar, Mitchell les dijo: “yo no vengo a imponer nada, solo a ser testigo de sus acuerdos”. Pero los acercamientos en el castillo de Stormont en Belfast, sede de las conversaciones, en vez de avanzar, parecían estancarse y fracasar. ¿Qué estaba ocurriendo, por qué retrocedían? Ya hablamos de la necesaria empatía entre los bandos para dar fin a una guerra. Entonces, ¿cómo podrían superar ese punto muerto?
Selene calló, observando y esperando alguna respuesta de sus oyentes. Tras un momento de silencio, les explicó:
–Mitchell comprendía los temores de Gerry Adams, caudillo del bando católico, y de David Trimble, líder de los protestantes de Irlanda del Norte. Sí, así es, él los comprendía y aun podemos decir que los miraba con empatía. ¿Qué podía hacer ahora?
Selene les mostró fotos de Mitchell al lado de los dos políticos norirlandeses.
–¿Qué percibía Mitchell? No lo sabemos. Yo creo que a él su experiencia le mostraba que ambos sentían una gran presión desde sus propios bandos para no ir más allá de ciertos límites que los más radicales consideraban infranqueables. Era un gran obstáculo, que les impedía avanzar. Y seguramente ambos recordaban con temor y gran aprehensión, no solo aquella historia reciente de la trágica muerte de Rabin que presencié de niña con mi abuelo ante el televisor, sino también el asesinato del gobernante egipcio Anwar el-Sadat en 1981 a manos de un grupo de sus propios soldados liderados por el teniente de artillería Khalid Al-Islambouli, miembro de la Yihad Islámica egipcia, al grito de "¡maté al faraón!". En ambos casos los negociadores de paz terminaron pagando con sus propias vidas.
Todos escuchaban conmovidos. Selene les explicó por qué los habían asesinado.
–Los magnicidas sentían que vengaban una traición a la patria. El-Sadat había firmado la paz con su archienemigo Israel tras cuatro guerras que llevaron a sucesivas derrotas de su país. Y Rabin, 14 años más tarde, había firmado los Acuerdos de Oslo con la Autoridad Palestina, para avanzar hacia el reconocimiento de su autonomía y su territorio, lo que traería paz a la región. Y me lo imagino –les confesó Selene–, Mitchell comprendía cómo este temor de fracasar ante los suyos, quienes podrían llegar a cobrar sus acciones quitándoles la vida, se alzaba como un inmenso muro que bloqueaba cualquier camino hacia un acuerdo entre los líderes norirlandeses de ambos bandos.
Fue entonces cuando decidió que era necesario hacerles una sorprendente invitación, que cambió el curso de las negociaciones y nos demostró a ustedes y a mí la enorme fuerza de la empatía.
Ana Margarita y los demás asistentes oían atentos esta historia. Selene les narró lo que ocurrió luego:
–Mitchell les sugirió que viajaran con él a Londres para pasar un fin de semana de descanso en la embajada de su país. La condición era que no se hablaría de política, solo de gustos y aficiones y de temas personales y familiares. Así lo hicieron, y el resultado fue casi mágico. La experiencia que ambos vivieron fue, como yo la entiendo, uno de los más destacados ejemplos de empatía –les reveló Selene dejando ver un brillo en sus ojos que muchos observaron conmovidos.
Y continuó:
–A medida que compartían sus vivencias y sus sentimientos personales, cada uno comenzó a mirar a su oponente, no como un enemigo malvado, sino como un compatriota y una persona de carne y hueso, con sus intereses propios, sus pasatiempos, sus temores, sus debilidades y sus cualidades: ¡un ser humano como él mismo!
Miró a todos en silencio por un momento, y confirmó lo que ya algunos pensaban:
–¡Sí, de la misma manera que las palabras de la nieta de Rabin nos enseñaron a ver en él al ser humano sabio, tierno y cariñoso y no solo al estadista!
Escuchó algunos susurros de asentimiento. Luego concluyó así su historia:
–De esta manera, los prejuicios fueron cayendo, y los acuerdos fluyeron. Ambos dejaron de mirar lo que los dividía para enfocarse juntos en un futuro mucho mejor para todos. Y así fue como se firmó la paz el 10 de abril de 1998, Viernes Santo, y ha avanzado desde entonces hacia un gobierno estable, compartido y sin violencia, excepto unos pocos incidentes esperables en cualquier proceso de paz.
Selene entonces les mostró una foto del documento, en la parte final donde se ven las firmas de los participantes en el acuerdo.
Todos se sentían impresionados y fueron comprendiendo mejor el poder de la empatía en la comunicación humana. Selene añadió:
–Consideremos por otra parte la experiencia que viven hoy muchos niños palestinos y judíos invitados a compartir sus escuelas con el fin de desarrollar una comprensión mutua más profunda entre los dos pueblos (es decir, la empatía), para ir aclimatando el ambiente de paz hacia el futuro, a pesar de las duras guerras que enfrentan al gobierno de Israel con los grupos enemigos de la región.
Y así, Ana Margarita, Adelaida, Raúl y todos sus compañeros iban comprendiendo mejor en qué consistía la empatía, por qué era tan importante y cómo podían vivirla.
¿Qué sigue luego?
Selene y su audiencia se preparan para aplicar la empatía a la comunicación con sus clientes externos e internos (compañeros, colegas..) por medio de dramatizaciones.
Andrés les habla de cómo buscarán, valiéndose de la tecnología, un conocimiento íntimo del cliente similar al que desarrolla la dueña de una pequeña tienda de ropa con sus clientas.
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