Escuchar no es solo oír: es concederle al otro el derecho a existir en nuestra mente.
Dios nos dio dos oídos y una boca para escuchar el doble y hablar menos.
El ruido que impide oír
En toda negociación difícil —sea en Gaza, en una empresa familiar o en una mesa sindical— el principal obstáculo no siempre es el desacuerdo, sino el ruido.
Dios nos dio dos oídos y una boca para escuchar el doble y hablar menos.
El ruido que impide oír
En toda negociación difícil —sea en Gaza, en una empresa familiar o en una mesa sindical— el principal obstáculo no siempre es el desacuerdo, sino el ruido.
Ruido político, mediático, emocional. Cada parte habla hacia su propio público y no hacia el interlocutor. Palestina e Israel hablan a sus ciudadanos y a los países que los apoyan. En ese ambiente, escuchar se vuelve una amenaza, porque implica reconocer algo del otro. Y reconocerlo es admitir que quizá tiene razones válidas.
El poder de sentirse oído
Uno de los principios más olvidados de la negociación es que la validación no equivale a rendición.
El poder de sentirse oído
Uno de los principios más olvidados de la negociación es que la validación no equivale a rendición.
Cuando una parte siente que está siendo realmente escuchada, baja la tensión defensiva, se abre a explorar opciones y se reduce el impulso de sabotear cualquier propuesta.
Esto se ha visto incluso en los procesos más hostiles: los mediadores que logran que un líder radical se sienta “reconocido” suelen ser quienes consiguen los primeros gestos de humanidad. Fue lo que logró George Mitchel, enviado del presidente Clinton, con los dos bandos enfrentados en Irlanda del norte.
Escuchar estratégicamente
En entornos de desconfianza, escuchar es una herramienta de poder. No porque implique ceder, sino porque permite reunir información que el otro ni siquiera sabe que está revelando: miedos, límites, motivaciones ocultas.
Un negociador que domina el arte de escuchar —con silencio, descifrando el lenguaje corporal, haciendo preguntas concisas— gana ventaja sin pronunciar palabra.
Cuando las emociones bloquean la mente racional
Las emociones son como el clima de una negociación: no se pueden controlar, pero sí prever.
Un ambiente saturado de resentimiento o humillación hace imposible oír. Por eso, los mediadores experimentados suelen crear “pausas simbólicas” —momentos de silencio, rituales de respeto, gestos humanos— antes de discutir los puntos duros.
No es sentimentalismo: es ingeniería emocional aplicada a la diplomacia.
La lección para cualquier mesa
Escuchar no es debilidad, es infraestructura. Sin la sensación de ser escuchado, ningún acuerdo dura.
En la vida cotidiana también ocurre: el jefe que interrumpe, el cliente que exige sin preguntar, la pareja que repite sin oír.
REFLEXIÓN 1:
Toda negociación empieza a avanzar el día en que dejamos de hablar para tratar de entender.
REFLEXIÓN 2:
¿Es posible destruir una ideología? Gaza ha sufrido de modo extremo. El mundo verá crecer el odio a Israel en las nuevas generaciones. Netanyahu ha hecho un daño irreparable a su país.
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